LOS MODELOS EDUCATIVOS EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA
José M. Esteve
Para entender los nuevos problemas que debe afrontar la educación contemporánea hay que considerar la coexistencia de, al menos, cuatro modelos educativos superpuestos.
Llamo modelos educativos a esas concepciones globales de los fines de la educación, conformadas por un conjunto de creencias, conocimientos, valores, actitudes e ideas generales, sociales y políticas, a partir de las cuales se orienta la acción educativa.
Vale la pena reflexionar sobre cuáles son los modelos educativos con los que opera nuestra educación contemporánea. Para ello tenemos que distinguir entre dos enfoques. En primer lugar, desde una visión macroscópica, observamos los modelos económicos y políticos a partir de los cuales se diseña una determinada configuración de los sistemas de enseñanza, considerados como una estructura estatal que se plantea objetivos sociales al margen del desarrollo individual de las personas. En segundo lugar, desde una visión microscópica, nos encontramos los modelos educativos como un conglomerado de ideas, más o menos estructuradas, que rigen el pensamiento previo con el que enfocan la relación educativa individual los padres y educadores.
El modelo de la educación como molde
En este modelo, la aparición de desviaciones sobre la conducta prevista lleva al educador a considerar que está fracasando en su labor de alfarero y que debe corregir a tiempo las desviaciones mediante algún tipo de castigo. El castigo, naturalmente, sólo se aplica cuando ya se ha manifestado la conducta que el adulto considera incorrecta, lo cual lleva al educador a intervenir siempre de forma autoritaria y represiva, ya que, para no afrontar el riesgo de que los jóvenes defiendan posturas heterodoxas, en lugar de plantear una reflexión profunda sobre las normas de conducta, el adulto impone unos castigos que no suelen corregir más que las manifestaciones externas de la conducta.
El viejo lema de «la letra con sangre entra» bien podría sintetizar los puntos de vista de este modelo educativo, todavía vigente en muchos centros de enseñanza que se orientan por planteamientos tradicionales de la educación, si bien hay que reconocer que actualmente es un modelo educativo que está en retroceso.
Conforme nuestras sociedades occidentales se fueron haciendo cada vez más abiertas, pluralistas y multiculturales, los educadores tomaron conciencia de la coexistencia de diversos modelos educativos, a partir de los cuales distintos grupos defienden distintas concepciones de la educación. Ante la diversidad en la apreciación de los valores y la convivencia de diferentes planteamientos ideológicos, políticos y religiosos, un importante grupo de profesores -sobre todo en la secundaria- elaboró una separación conceptual en la definición del trabajo que ellos pensaban que debían asumir, según la cual consideraban que sólo debían ocuparse de la formación intelectual, limitando su responsabilidad a la enseñanza de las materias de estudio y considerando que la educación era responsabilidad de las familias.
En efecto, en una sociedad pluralista coinciden en el aula alumnos de procedencias culturales diversas, cuyas familias les han educado en procesos de socialización primaria muy diferentes.
Implica tener en nuestras aulas a un abundante número de alumnos de primera generación -alumnos cuyos padres y cuyos abuelos no fueron nunca a una escuela ni tuvieron un alto grado de educación formal-, pero además implica tener en nuestras aulas al cien por cien de los niños de las familias desintegradas que no se ocupan de sus hijos, educados desde el sentimiento del abandono y de la falta de afecto; peor aún, ahora tenemos en nuestras aulas al cien por cien de los niños que lo único que reciben de sus padres son palizas, abusos de todo tipo incluidos los sexuales, o una influencia educativa positivamente perversa. En estas circunstancias, no es realista querer partir de la base de que el sistema educativo puede operar suponiendo la acción educativa previa de las familias en los ámbitos de la educación moral, la educación cívica o estética cuando, en muchos casos, ni siquiera se puede asegurar que hayan creado los hábitos mínimos de higiene o las habilidades sociales básicas que permiten el diálogo y la convivencia.
En este contexto, el planteamiento de que la responsabilidad educativa de los profesores debe reducirse al ámbito del aula y al marco de una materia de enseñanza sólo es posible mantenerlo.
Este modelo educativo que reduce la educación a enseñanza revela sus carencias en cuanto se plantean problemas más o menos graves de conducta en el aula. En estas situaciones, los profesores que operan desde este modelo comienzan por sentirse ofendidos en su dignidad. La única opción que consideran cuando un alumno les interrumpe su labor de enseñanza es la remisión del infractor al director o al jefe de estudios.
El modelo de la educación como libre desarrollo
Este modelo nace de la unión entre el rechazo generacional de los padres actuales al modelo de la educación como imposición exterior de los adultos y la popularización de las teorías psicoanalíticas, difundidas en una versión muy particular por los grandes medios de comunicación.
En efecto, la mayoría de los padres y madres de nuestros alumnos actuales fueron educados en los estilos autoritarios del modelo de la educación como molde, y de cara a la educación de sus hijos decidieron superar la disciplina externa, los castigos represivos y el clima de imposición irracional que ellos habían sufrido. Algunos supieron encontrar un nuevo equilibrio reelaborando una idea de la disciplina orientada hacia el autodominio y la autonomía moral de sus hijos, transmitiéndoles la necesidad de un orden mínimo y de un sentido del esfuerzo sin los cuales es difícil construir algo valioso; sin embargo, una gran mayoría sucumbió a los estereotipos del psicoanálisis
Para evitar las imposiciones de valores y normas de los adultos este modelo elaboró la idea del libre desarrollo, según el cual el niño debe ir descubriendo el mundo por sí mismo y elaborando sus propias ideas de los valores y de las normas sociales y morales lejos de cualquier intervención de los adultos, ya que ésta sólo puede suponer una coerción de la inagotable creatividad infantil.
La rivalidad con los padres
Según ellos, la psicología de estas carencias estaría dominada por tres elementos: la debilidad del yo, la organización caprichosa y el sentimiento de inseguridad. Las principales consecuencias de este síndrome serían: personalidad frágil, cerrada, indecisa y dominada por la dejadez. Conciencia moral débil, sin llegar a constituir una escala de valores. Relaciones marcadas por el egoísmo e incapacidad para una actitud de entrega; al mismo tiempo relaciones superficiales y caprichosas (Esteve, 1977, p. 164).
La explicación está en que este modelo supone dejar al niño que se enfrente sin ayuda al proceso de descubrimiento de un mundo que no entiende; así, se le obliga a solucionar anticipadamente problemas que aún no es capaz de resolver, generando un sentimiento de inseguridad ante la avalancha de decisiones a tomar. Falto de toda norma adulta, el niño llega a la conclusión de que puede hacer lo que le venga en gana, y de hecho lo hace en el ámbito reducido de su casa, a veces sometiendo a sus padres a auténticos estados de tiranía infantil.
Para entender el desastre de este modelo basta con imaginarse un centro escolar con más de mil alumnos en el que todos ellos decidan actuar según estas pautas de comportamiento, con el agravante de que cuando llames a los padres para quejarte por el comportamiento de sus hijos, aquellos te reprendan por no comprender la difícil situación psicológica que su hijo está atravesando.
5.4. El modelo de la educación como iniciación
Peters nos propone el modelo de la educación como iniciación, considerándolo adecuado a los valores de una sociedad pluralista y democrática. Según este modelo, los educadores tenemos el deber de iniciar a los alumnos en aquellos valores, actitudes y conocimientos que hemos descubierto como valiosos. Se rechaza por respeto a su libertad la idea de que, como educadores, impongamos lo que nuestros alumnos o nuestros hijos tienen que pensar, lo que tienen que creer o lo que tienen que hacer al acabar su periodo de educación; pero se nos plantea el deber de iniciarles en los valores que a lo largo de nuestras experiencias personales y colectivas hemos descubierto como importantes.
Su característica es que nunca pueden ser dominadas de forma perfecta, que su pleno dominio jamás se alcanza, que cada individuo desarrolla interminablemente su conocimiento de ellas sin que nunca pueda decirse que ya no puede ir de modo relevante más allá.
Sobre la base de este modelo de Peters he defendido la idea de que educar es un compromiso con la memoria, porque no hace falta tener una gran formación teórica ni desarrollar todo un sistema filosófico para descubrir que la intolerancia, la crueldad y el fanatismo son malos y destruyen la vida humana;
El modelo de la educación como iniciación y el concepto de que educar es un compromiso con nuestra memoria devuelven al educador un papel más lógico que los propuestos por el modelo de la educación como enseñanza o por el modelo no intervencionista de libre desarrollo. En efecto, este modelo busca el equilibrio entre el rechazo de la imposición y la aceptación de la influencia. Ciertamente, el educador que entiende su trabajo como una iniciación renuncia a imponer sus valores o sus concepciones a los niños, pero la persona que nos inicia en el descubrimiento de una materia, en el sentido de un valor o en la importancia de un rasgo del carácter es una persona que nos influye.